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PRÓLOGO

El Parque Nacional de los Picos de Europa

Justamente hoy, cuando redacto estas líneas, se cumplen quince años desde

que, por medio de Ley de las Cortes Generales de nuestro país, se declaraba como

Parque Nacional el majestuoso conjunto montañoso de los Picos de Europa, en sus

tres Macizos. Se culminaba así un largo proceso de conjunción de voluntades, que,

con el espléndido precedente del primigenio Parque Nacional de la Montaña de Co-

vadonga, primer Parque Nacional de España y del que, recientemente, en 2008,

hemos celebrado su 90º aniversario, es la historia misma de la conservación de la

naturaleza en nuestro país. En efecto, con la declaración en 1918 del Macizo del

Cornión como Parque Nacional y con la posterior extensión de tal régimen de protec-

ción a los Macizos de los Urrieles y de Ándara, así como a la boscosa orla que les

abraza por el Sur, en las umbrías de la Cordillera, fructificó el esfuerzo de románticos

aventureros, primero, y de numerosos estudiosos y científicos, después, precursores

en nuestro país del estudio de la Geología y de la Biología, que aunaban en sus

botas el afán investigador y el ardor montañero, pues a ellos se debe, también, en

gran medida, el inicio del alpinismo en España. Pero, obviamente, todo este gran

logro conservacionista no hubiera sido posible sin la previa labor, a lo largo de siglos,

de los pastores de los Picos, que, con su esforzado modo de vida y el apacentar de

sus ganados, conformaron un paisaje que mereció tan alta categoría de protección.

El Parque Nacional de los Picos de Europa viene a representar, en la Red de

Parques Nacionales de España y tal y como recoge la Ley 16/1995, por la que se

declaró el mismo, a los sistemas naturales y seminaturales asociados al bosque

atlántico. Extensos bosques de hayas, robles albares y otras formaciones mixtas,

se extienden, entre umbrías y solanas, en las cabeceras de los míticos ríos que,

naciendo en la Cordillera Cantábrica, buscan el Mar Cantábrico horadando los Picos

en vertiginosas gargantas que discurren a centenares de metros, miles en muchos

casos, bajo los pétreos cantiles de caliza, conformando algunos de los paisajes más

espectaculares de nuestro país. Estos bosques albergan poblaciones relícticas de

especies vinculadas a este hábitat forestal tan emblemáticas como el oso pardo, el

urogallo cantábrico o el lobo.

Pero los Picos de Europa son mucho más. Esta formidable formación caliza, de

varios centenares de km

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de extensión y más de mil metros de potencia, originada

por el concurso de las fuerzas telúricas de los plegamientos varisco y alpino sobre los

sedimentos marinos, con el concurso permanente del proceso erosivo del hielo, en

las alternativas del glaciarismo cuaternario y, siempre, de las aguas, ha conformado

un paisaje con unos valores geológicos y geomorfológicos excepcionales. De este

modo, por toda la extensión de los Picos se distribuyen cubetas glaciares o “jous”,

morrenas terminales y laterales, escasos pero interesantísimos lagos glaciares (de

dificultosa persistencia en un ámbito en el que las aguas superficiales se sumen con

tanta facilidad por innumerables grietas y fisuras), lapiaces, canchales o “llerones”,

y enormes bloques de rocas desprendidos de las verticales paredes, en medio de

un mundo semidesértico con una singular flora alpina y una fauna adaptada a este

especial territorio, en la que destacan el rebeco, equilibrista de las rocas, y aves

tan espectaculares como el águila real, las chovas piquirroja y piquigualda o esa

joya carmesí que es el treparriscos. Y, bajo la superficie, un sistema kárstico de

primer nivel a escala mundial, en el que aparecen algunas de las simas más pro-