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PLATÓN Y LA LEYENDA DE LA ATLÁNTIDA

E

n la antigüedad, la Atlántida era el gran continente sumergido del cual habló

Platón en su diálogo “Timeo y Critias”, y que tanto ha fascinado a muchos.

Estaba basado en historias contadas por su antecesor Solón, quien a su vez las había

escuchado de boca de sacerdotes egipcios.

La Atlántida era una gran isla situada al otro lado de las Columnas de Hércules

(el estrecho de Gibraltar) y estaba habitada por los atlantes, los descendientes

de Atlas, su primer rey. La Atlántida estaba llena de riquezas y su pue-

blo era el más adelantado del mundo. Cuentan las leyendas

antiguas que entre los siglos XII y I a.C., era imposible alejarse

de la costa europea más allá de las Columnas de Hércules

debido a que aún se encontraban flotando enormes masas de

lodo procedentes del cataclismo que hundió a la Atlántida.

Otras leyendas atribuían a Zeus la catástrofe. El dios castigó a

sus habitantes y destruyó la gran isla provocando grandes

erupciones volcánicas y maremotos.

Según la tradición, restos de la Atlántida dieron origen a las

islas del archipiélago macaronésico: Azores, Madeira,

Canarias y Cabo Verde, que serían las cumbres de las altas

VOLCANES

DEL MITO A LA CIENCIA

T

erremotos y volcanes son algunos de los fenómenos naturales más

visibles de la dinámica de las placas tectónicas para formar la su-

perficie de la Tierra.

El nacimiento de los volcanes y su actividad es un fenómeno que con-

tribuye a la transformación del relieve terrestre. Es, sin duda, el proceso

que origina mayores modificaciones en menor tiempo. Sucede en forma

tan rápida que actualmente es uno de los procesos geológicos mejor

conocidos por el hombre.

En casi todos

los pueblos antiguos

y en las prime-

ras civilizaciones, los

volcanes se han

relacionado con mo-

radas de dioses o

seres sobrenaturales

que, de una u

otra forma, influían

en la vida de los

humanos. El hombre

siempre ha con-

vivido con los volca-

nes, sufriendo o

beneficiándose de

su actividad. Los

reverenció, temió y,

posteriormente, los estudió. Se asentó sobre sus terrenos para aprove-

charse de la bondad de sus suelos aún a sabiendas del riesgo que corría.

Hoy, ya no sólo se asienta cerca de ellos para beneficiarse de sus cuali-

dades, sino porque, simplemente, son hermosos.