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montañas del continente perdido. Durante siglos, incluso después de la conquista

española, se creyó que las islas Canarias habían formado parte de la Atlántida.

Aristóteles, discípulo de Platón, opinaba que la historia de la Atlántida era una fic-

ción inventada por su maestro. Otros escritores clásicos como Estrabón, Plinio el

Viejo o Plutarco no estaban seguros, pero tampoco se atrevieron a negar el relato.

Numerosos buscadores de la Atlántida creen plenamente en la afirmación de Platón

de que la misma se halla más allá del estrecho de Gibraltar. Otros piensan que la

descripción de la Atlántida encuentra un eco en la civilización minoica que floreció

en la isla griega de Tera, hasta que ésta fue totalmente destruida por una fuerte

erupción volcánica alrededor de 1500 a.C.

En 1665, el jesuita A. Kirchner afirmó que el continente perdido habría estado en el océa-

no Atlántico, entre España y América, dato compartido por los que todavía creen en ella.

Una respuesta a tanta leyenda la dan los vulcanólogos, que indican que, en una gran

erupción, los fragmentos porosos volcánicos son lanzados a gran altura constituyendo

la piedra pómez, una piedra tan liviana que flota sobre el agua hasta que, poco a

poco, se impregna y se hunde.

DIMENSIONES DEL FENÓMENO

VOLCÁNICO

Los volcanes generan una gran cantidad de fenó-

menos que pueden alterar la superficie y la

atmósfera de la Tierra y ser peligrosos para el

hombre. Pequeñas erupciones pueden afectar sólo

a un entorno de centenares de metros, mientras

que las grandes erupciones afectan a superficies

kilométricas, poniendo en peligro los bienes y

vidas de las personas. Todo el entorno de la erup-

ción sufre dramáticamente sus consecuencias. En

general, infraestructuras, viviendas, cosechas y

seres humanos son los elementos principales que

soportan sus devastadoras consecuencias.

La atmósfera queda contaminada por los gases

emitidos que pueden provocar un cambio cli-

mático local o regional. Las infraestructuras

resultan afectadas, lo que hace más difícil la

posible ayuda a los damnificados. Todo lo que

rodea al volcán se transforma en una zona

catastrófica con más o menos daños, según el

área donde tenga lugar.

L

a ciencia que estudia los volcanes se llama Vulcanología. El fenómeno volcánico ha atraído la atención de

los hombres, como objeto de estudio, desde los inicios de la ciencia antigua. En la historia de la humani-

dad, la primera descripción vulcanológica de una erupción fue el relato que hizo Plinio el Joven de la dramá-

tica y famosa erupción del Vesubio en el año 79 a.C., que sepultó las ciudades de Pompeya y Herculano.

La moderna vulcanología tiene sus orígenes en dos regiones con volcanismo activo permanente:

Hawái e Italia. Durante los siglos XVIII y XIX, la educación de los jóvenes de la clase alta europea

incluía, entre otros aspectos, una visita a los volcanes italianos y a las huellas de su destrucción.

En el mundo hay unos 600 volcanes en actividad casi permanente. Los vulcanólogos consideran que

un volcán está activo cuando ha experimentado erupciones en los últimos 10.000 años. En este

periodo, han entrado en erupción 1.515 volcanes que, por tanto, deben considerarse activos, aunque

muchos de ellos estén simplemente “dormidos”.

Muchos terrenos volcánicos de la Tierra han sido declarados Parque Nacional por la relevancia de sus

paisajes o sus singularidades vulcanológicas. Entre ellos se encuentran los Parques Nacionales de

Yellowstone, en

EE.UU

. (el primer Parque Nacional del mundo, declarado en 1872), Kilauea, en Hawái,

Fujiyama, en Japón, o los cuatro parques canarios, Timanfaya, Teide, Caldera de Taburiente y Garajonay.

VULCANOLOGÍA

EL LATIR DE LA TIERRA